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Sigmund Freud: 150 años

Fecha de Publicación: 31 - 05 - 2006.

Estamos
festejo: hace un siglo y medio, el Maestro vino al mundo sin duda para
cambiarlo. Aludimos no sólo al fundador del Psicoanálisis, sino a un escritor
exquisito propuesto para los más altos galardones de la literatura; a un
científico dotado de esa mezcla portentosa de talento y determinación, aplicada
a una de las vertientes del sufrimiento humano. Heredero del Iluminismo,
condensa su rigor analítico con los aportes de un movimiento transgresor de la
talla del Surrealismo.

Recogiendo el guante que habían lanzado tanto las histéricas victorianas, como sus coetáneos Charcot y Breuer. Hasta su irrupción en la escena vienesa, las llamadas “enfermedades mentales” se trataban mediante lo que hoy conocemos como SPA: Salute per Acqua: los baños termales, los viajes por mar, las curas por sueño.
Participa, en la clínica de La Salpetrière de París, del método hipnótico que logra una remisión de los síntomas histéricos, y articula esa práctica con la tradición médica pero privilegia la palabra como vía de acceso a “eso” que llamamos Inconsciente.
Desechada la hipnosis, recurre a la anamnesis, es decir, la obligatoriedad de recordar, pero tiene la humildad de tomar de una paciente la sugerencia de
aplicar lo que luego se llamó “libre asociación”, regla fundamental del análisis.
Freud parte de una disciplina existente, la Psicología, hoy frecuentemente confundida con el Psicoanálisis; pero éste emerge como un acto de fractura, como una instancia instituyente que
toma como objeto un “algo” evasivo que otras ciencias ignoran. A diferencia de
cualquier arte del curar, esta terapéutica no puede ser encuadrada en lo que
llamamos “discurso universitario”: el Psicoanálisis trata de un Saber no-sabido
que no porta el analista sino el paciente; el dispositivo analítico es una
categoría de orden confesional donde, contra lo que propone la Ciencia Positiva
-el logro de la objetividad-, el epicentro del acto es el sujeto, su
subjetividad, mientras el profesional ocupa un lugar de “objeto nada” que
posibilita, al modo de un partero, la emergencia de ese Saber.

A diferencia de Lacan, Freud careció
de la lingüística de Saussure, intelectual que para la misma época reflexionaba
en Ginebra sobre el lenguaje; no obstante, su investigación lo llevó a intuirla,
como lo prueban sus textos denominados “canónicos”: La interpretación de los
sueños, El chiste y su relación con el Inconsciente, y Psicopatología de la vida
cotidiana.

El coraje de Freud para enfrentar lo
instituido se muestra de diversas formas; intelectual celoso de un prestigio en
construcción, no vacila en penetrar lo onírico, reservado a los shamanes, a los
practicantes de mancias. La psicología había abjurado de los sueños como objeto
serio de estudio; Freud se anima a afirmar que tienen una lógica oculta, que esa
lógica es singular para cada sujeto, y que su interpretación conduce a los
contenidos inconscientes y a la cura de los síntomas.

Conferencista en Estados Unidos,
difunde su teoría frente a la cerrazón de una intelectualidad que le advierte:
“Usted puede ser psicoanalista, pero para ejercerlo aquí debe ser médico”; bastó
para que, en un acto tan humilde como soberano, descolgara su diploma de su
consultorio de Viena. Acusado de pansexualista por “buscar lo sexual detrás de
cada detalle”, y más aún por postular que somos sujetos de la sexualidad desde
el nacimiento, fue un autor minuciosamente autocrítico que rectificó sus
escritos cada vez que lo consideró necesario.

El Psicoanálisis subsume tres
instancias: una teoría del psiquismo, un método de investigación sobre sus
fenómenos, y un método terapéutico. Desde ese trípode plantea el desciframiento
de entidades tan diversas como los sueños, el síntoma, el acto fallido, el
olvido, en tanto atajos de aquello que no encuentra una expresión verbal.

Su hallazgo de lo que hoy conocemos
como “estructuras clínicas” -la neurosis, la perversión y la psicosis- reduce a
tres lógicas la vastísima gama de singularidades mentales.

Pese a su humildad, su faz narcisista
le permitió compararse con Copérnico y con Darwin, sumando el Psicoanálisis a
las disciplinas que infirieron, precisamente, las tres grandes heridas
narcisísticas de la humanidad: la Tierra no es el centro del Universo, el hombre
desciende de los simios, y el núcleo del psiquismo no es el Yo.

Si postulamos: “la palabra es la
muerte de la cosa”, bien vale concluir que es la letra de Freud, hoy recreada en
una ingente producción teórica, lo que pervive de su vigente vástago, el
Psicoanálisis.

Mario Malaurie
Psicoanalista
Director de Escuela Psicoanalítica de Psicología Social

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