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Silvia Plager encontró su lugar en San Isidro

Fecha de Publicación: 12 - 02 - 2007.

Silvia Plager fue, lo que se dice, un “bicho de ciudad” amante de los cafés y de los rincones multitudinarios de Buenos Aires. Pero un día llegó a San Isidro. Allí instaló su hogar y su oficina, con vistas al verde, en la que escribió y aún escribe, sus novelas y ensayos –su último trabajo es “La Rabina”, de próxima publicación-. En esta entrevista, la escritora devela los pormenores de ser sanisidrense por opción y comparte el placer que le produce haber encontrado su lugar en el mundo. 

 -¿Cuánto hace que vivís en San Isidro?
Hace 39 años. Mis hijos nacieron acá, estudiaron en San Isidro hasta ir a la universidad y mi marido –se refiere al doctor Mauricio Raúl Plager-, médico pediatra- tiene consultorio en casa y en General Pacheco, además de atender en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez de Capital. Yo doy talleres literarios aquí y en Belgrano. Para mí la zona es muy entrañable, en todos los sentidos. Tal es así, que en una de mis 13 novelas, que se llamó “Alguien está mirando”, editada por  Editorial Planeta, el personaje de ficción es un vecino de San Isidro que pasea por el Hipódromo. Y en mis últimas dos novelas, en co-autoría con Elsa Fraga Vidal: “Nostalgias de Malvinas” y “Vernet, caballero de las islas”, rescatamos a un matrimonio de San Isidro: María Sáez y Luis Vernet. Son dos libros  muy recomendables para la gente de San Isidro. De hecho hay muchas familias Vernet en San Isidro, y hasta un colegio que lleva ese nombre. Están escritas con mucho respeto y amor por ambos personajes.

-¿Qué rescataste de Vernet? ¿Al hombre de fortuna o a alguien que quiso hacer grande esta Patria?
A Vernet lo pienso como a un romántico del siglo XIX. En ese momento, el sueño era descubrir tierras. Es muy interesante la visión de este hombre que ansiaba los mares del sur. Era muy americanista. Adhería a las ideas de igualdad y fraternidad de la Revolución Francesa y creía que esa situación más justa se iba a encontrar en un continente nuevo. Aquí, en Argentina, conoce a María Sáez, una joven de la sociedad porteña, de la que se enamora, y con quien se casa. A su vez, conoce a Jorge Pacheco, héroe de la Independencia, a quien el gobierno le debía una especie de indemnización por lo hecho por la Patria, y a cambio le ofrece tierras en Malvinas, que en ese entonces, nadie quería aceptar. Pacheco se asoció a Vernet, quien junto a su hermano y cuñado, realizó varios viajes llevando ganado lanar a las islas.  Obtienen pasturas suficientes y arma  un saladero. Al tiempo, el gobierno le otorga la gobernación, nombrándolo Primer Comandante Político y Militar. Vernet entonces, manda a buscar a sus dos hijos y a su mujer embarazada, que viajaron en goleta.

-Contame un poco de qué trata “Nostalgias de Malvinas”…
Transcurre entre 1829 y 1831 en Malvinas. Es la historia de María Sáez de Vernet, esposa de Luis Vernet, sus hijos, y quienes lo acompañan en su gestión, entre ellos, extranjeros de diversas nacionalidades. Cuenta que la de las islas llegó a ser una colonia próspera, que  tenía un saladero importante que estaba por exportar a Brasil. La novela está basada en el diario personal de María Sáez, que sólo consta de tres paginitas con datos muy escuetos. Es un libro que relata toda la flora y fauna de Malvinas, tiene su atractivo, intriga, romances de los personajes secundarios, datos sobre cómo se depredaba en esas épocas, cómo se fueron perdiendo las islas. Cuenta también el momento en que Vernet es mandado a llamar por las autoridades de Buenos Aires y su  regreso en compañía de los suyos, en tres goletas, dos de las cuales huyen en el camino. Y sobre cómo es aprovechado ese momento para clavar cañones y destruirlo todo, hasta no dejar nada en pie.

-¿Cómo surge la idea de continuar contando qué fue  de la vida de estos personajes?

Surgía la pregunta: ¿Qué pasó después? “Vernet, caballero de las islas”, es el después, que transcurre en Buenos Aires. Ahí empieza esta segunda novela, muy polifónica, muy entretenida. Describe cómo era la Buenos Aires de entonces, los amores ocultos, lo que pasaba en los conventos en los que las mujeres eran recluidas, cómo eran los carnavales, los cafés, las pulperías, el teatro como centro social de la ciudad o los costureros, lugares donde las mujeres se juntaban a coser y pasarse los últimos chismes. Deja entrever el trasfondo social, económico y cultural de la época. Todo contado de manera fascinante.

-¿Por qué creés que Vernet es un “personaje menor” en nuestra Historia?
Fue uno de nuestros grandes hombres, pero creo que lo silenciaron porque a nadie le gusta tener un héroe de su propio fracaso.

-En esas dos novelas estarían los antecedentes de la situación actual de Malvinas…
Sí, creo que deberían ser libros de texto en la escuela. Los chicos no tienen idea de lo que pasó. Hablan de Malvinas y piensan sólo en la guerra más reciente. Sin embargo, esta situación es de larga data.

-¿Qué tiene de especial para vos, como escritora, el hecho de vivir en San Isidro?
Mirá, yo era escritora antes de venirme a San Isidro. Cuando me mudé aquí, pensé que esto me iba a jugar en contra. Yo era de Capital, y en el centro me la pasaba en los cafés, disfrutando de ese olor particular. Al principio, solía tomarme el tren para ir a disfrutar de los cafés de Buenos Aires y ver a la gente pasar. Luego, me hice un lugar y pude tener mi rincón de trabajo en mi casa. Empecé a tomarle el gusto a mi oficina con vista a la copa de los árboles y a caminar por el Hipódromo mientras voy pensando temas. Porque mientras camino por ahí, maquino lo que voy a escribir. Cambié totalmente. Hace años que esa caminata es muy importante para mí. A veces pienso en volver al centro porque muchas de las actividades de las que participo transcurren allí, pero después lo pienso mejor y creo que no me arriesgaría a perder esta paz, este barrio, este lugar. Ya estoy acostumbrada a moverme para trasladarme.

-¿Qué visión tenés del sanisidrense?
Recuerdo que cuando mi hija Débora Plager, hoy periodista, decía en la universidad que era de San Isidro, la tildaban de “chica de San Isidro”. Y “¡En qué zona vivís vos!”, me dicen algunos conocidos. Sin embargo, esto es un barrio, por más nombre pretencioso que tenga. Lo que es innegable es que San Isidro es un mundo aparte y  que hay una idea un tanto distorsionada sobre quién es el sanisidrense. A los de San Isidro nos gusta vivir la zona. No hay que ir a buscar las cosas. Las cosas están ahí, esperándote: una gran oferta de verde, de lo cultural y social. En lo comercial, tenés desde outlets hasta las casas más prestigiosas. Y en gastronomía, también hay gran variedad. San Isidro tiene de todo. Eso va haciendo al perfil. Pero eso sí, vivir en San Isidro implica cierto sacrificio. Es una elección en la que ganás
y perdés. Pierdo mucho tiempo viajando, pero cuando llego del centro, a veces agobiada, me pongo las zapatillas, salgo a caminar, y me revitalizo, como si recibiera una inyección de adrenalina. Mi hija, que vive a seis cuadras, dice: “Ni loca crío a mis hijos en otro lugar”. 

-Toda la familia ama San Isidro…
Tiene que ver con una incorporación en el imaginario familiar. Y en lo personal, quiero mucho a la zona. Le debo mucho. Mis hijos se criaron aquí, en épocas en que se jugaba en la vereda. ¡Eso es invalorable!

 

 Laura Zavoyovski

 

 

 

 

 

 

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