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Tradiciones mapuches

Fecha de Publicación: 09 - 03 - 2009.

La gente de la tierra 

Leyenda sobre el origen de la raza mapuche.

Un antiguo relato sobre las fuerzas indómitas de esta raza y su relación con los animales autóctonos. La naturaleza y la gente unidas en un testimonio de su cultura.

Leyenda sobre el origen de la raza mapuche

Las abuelas de las tribus mapuches cuentan cómo se formó la gente de la tierra (Mapu: tiera; Che: gente).Las cualidades más notables, la fuerza y la astucia, dice la tradición que las heredaron del puma y de los zorros de la manera en que aquí se describe.

Hace muchos años un indio convidó a sus hijos, niño y niña, a subir la montaña a recoger piñones.Aunque los niños eran de corta edad, podían ayudar metiéndose en lugares estrechos o bajando a las quebradas para juntar el fruto que durante el invierno les serviría de alimento. Partieron con sacos y canastos, arriando un par de guanacos para cargarlos con la cosecha.Todavía no se dejaban caer las lluvias, aunque el otoño comenzaba. Los días habían estado calurosos y mientras subían a la montaña, escuchaban el estallido de los piñones, en lo alto de las araucarias, lanzando por el aire su carga de sabrosas semillas.El padre y los niños celebraban con gritos y risas cada estallido de los piñones, que como lluvia, caían a la tierra, entre la hojarasca.

– ¡La cosecha será muy buena, con este tiempo seco! -celebró el padre-. Estaremos varios días por allá arriba, en el gran bosque.

Y contó a los niños que los piñones eran regalo de los espíritus protectores, lo mismo que las fresas silvestres, las papas, las avellanas y la deliciosa murta, que además de ser una planta linda de mirar, carece de espinas.En el gran bosque buscaron un lugar donde dormir y luego se pusieron a recoger piñones que ese año se habían dado especialmente grandes y de cáscara firme y dorada.Y estaban en medio de su tarea cuando de pronto el tiempo cambió. Sopló el viento norte, los nubarrones aparecieron unos más negros que otros por detrás de los cerros como si alguien los fabricara sin cesar.Y aunque el padre y los niños se apresuraron a llenar sus sacos y canastos para descender luego al valle, el temporal los sorprendió en plena cordillera. Al poco rato los riachuelos se transformaron en torrentes y los ríos en grandes avenidas. El Hacedor de lluvias, montado en sus nubarrones, hizo caer un verdadero diluvio.

– Vamos a refugiarnos en una roca alta – dijo el padre, indicando un enorme peñasco que sobresalía como una plataforma sobre la quebrada. Ayudó a los niños a trepar, pero ni él ni los guanacos cargados de frutos alcanzaron a subir y un torrente arrastró en sus aguas, que retumbaban con todas las voces desatadas de la montaña.

Los niños lloraron a gritos, abrazados sobre la roca, al ver desaparecer a su padre y a la pareja de guanacos que criaron desde pequeños; pero sus llantos no hacían sino aumentar la furia de las aguas. El Hacedor de lluvias reía con largos truenos y dejaba caer culebrillas relampagueantes para iluminar el desastre; el espectáculo de los pueblos arrasados y de los hombres y animales que se ahogaban parecía producirle una gran felicidad.

Pasaron muchas horas, tal vez días, y los indiecitos se sintieron condenados a morir de hambre y frío en su refugio. La tempestad aumentaba a ratos y luego decaía sólo para cobrar nueva fuerza. Los valles empezaron a inundarse y casi toda la gente murió.Cuando los indiecitos ya desfallecían pensando que el torrente se los iba a llevar también, algo chocó fuerte contra la roca; como estaba muy oscuro, no podían saber qué era y tuvieron aún más miedo al oír que aquello crujía y raspaba la piedra como una garra gigantesca. A la luz de los relámpagos se dieron cuenta de que se trataba de las ramas de un árbol, un inmenso coihue centenario descuajado por el temporal, que se atajó en la roca al venir aguas abajo.

Los niños, acostumbrados a atravesar los ríos en canoas y leños, no dudaron en subir a aquel navío arbóreo, que elevaba sus ramas como mástiles y cuyo tronco se veía ancho y largo como un puente. Se refugiaron entre el ramaje para protegerse de la lluvia, justo a tiempo. El árbol continuó aguas abajo con su nueva carga. Traía ya otros seres a bordo: los niños descubrieron entre las hojas no sólo nidos con sus huevos, sino a numerosos animalitos que se habían agarrado a los ramajes. Conejos, cururos y hasta una culebra, temblaban amansados por el miedo, junto a los pequeños indios. Hasta el día siguiente, cuando aclaró un poco no descubrieron que en el árbol también iban un puma y una zorra, de las llamadas “chillas” por su modo de aullar.
– Estoy hostigado con la carne de conejo –insinuó el Puma cuando vio a los niños.
– Creo que debes seguirte hostigando, como yo de los cururos –contestó la Chilla con una sonrisa maliciosa.
– ¿Qué piensas, dime? –se asombró el Puma, entrecerrando los ojos. – Tenemos fama de sanguinarios, amigo. Creo que esos niños se han salvado por algún favor de las estrellas y ha llegado el momento en que nosotros subamos de categoría.- ¿Qué te propones? –preguntó el Puma.
– Me propongo y te propongo que los cuidemos y criemos y que sean nuestros hijos –respondió la Chilla irguiendo la cabeza.- ¿Pero cómo puede ser eso? –rugió el Puma escandalizado.La Chilla, que acababa de perder su camada de zorritos en la inundación, contestó: – Yo… les daré la leche que ya no tomarán mis pequeños. Y Tú les enseñarás, como a tus cachorros, a ser los más fuertes y valientes de la Tierra, los más orgullosos que jamás se entregan.El Puma meditó un rato agitando su cola.- Con mi leche les transmitiré mi inteligencia y mi astucia –continuó la Chilla-. Es nuestra oportunidad.

Y empezó a acercarse lentamente a los niños, deteniéndose cuando ellos abrían demasiado los ojos o lanzaban un grito de miedo. Se restregó contra sus piernas y luego se echó al suelo, mostrando que tenía abundante leche. Luego se aproximó al Puma con mayores cuidados, sintiendo que ya era famoso por esta acción.
Los niños, que no habían comprendido el lenguaje de gruñidos de los animales, no entendieron al comienzo su intención. Se extrañaron de que el Puma les pusiera en el pecho una pata sin garras, haciéndoles un cariño algo torpe y que la Chilla se diera vueltas en el suelo jugando, mientras los miraba con su expresión astuta, característica de la familia de los zorros.Como llevaban días sin comer, no tardaron en tomar confianza y beber la leche que la Chilla, de manera evidente, les ofrecía. Y junto con este alimento, entendieron el lenguaje de los animales.
Viajaron varios días en el árbol gigante. Los pájaros venían a pararse en sus ramas y otros animales treparon al tronco salvador, sin saber que entre el ramaje se escondían el Puma y la Chilla.Los niños construyeron una ruca y el sol entraba por la puerta que daba al oriente y salía por la del poniente, según la antigua costumbre de la gente de la tierra, que respetaba los puntos cardinales y tienen al número cuatro como sagrado.

Cuando por fin el Hacedor de lluvias se cansó de galopar sobre las nubes y regresó a su escondite detrás de los cerros, las aguas empezaron a bajar y los ríos a volver a su cauce. Entonces el coihue se enterró en
el barro como un navío que encalla y cuando el viento secó la tierra, el Puma, la Chilla y los niños saltaron del tronco y buscaron un valle escondido donde vivir.

Lo primero que hicieron, aun antes de construir otra ruca, o de buscar una cueva donde habitar, fue poner nombre a los hijos adoptivos. Nombres mágicos que los protegerían para siempre. Al niño lo llamaron Manque, el cóndor que planea en el cielo vigilando la tierra y a la niña, Melipal, como a la Cruz del Sur.

La Chilla les habló de buscar otros alimentos. Y los niños recordaron las palabras de su padre, sobre lo que la naturaleza regala: los piñones, las fresas silvestres, las papas, las avellanas y la murta. Pero como reinaba el invierno y las aguas habían arrasado con los frutos, siguieron alimentándose con la leche de la Chilla y con la carne que el Puma les traía.

Pronto fueron expertos cazadores con las enseñanzas de su padre adoptivo; aprendieron a seguir los rastros, a oler del viento, a percibir los signos de la naturaleza. El Puma empezó a jugar con ellos para que supieran defenderse, siendo distintos de los que enseñó al niño los juegos y luchas que mostró la niña.

Cuando llegó la primavera y floreció la selva y se dieron los primeros frutos, la Chilla dejó de dar leche a los niños y se alimentaron de hierbas y raíces, de peces de los riachuelos, de aves de las lagunas, de huevos silvestres, de animalitos que ellos mismos conseguían. La Chilla les enseño todas sus mañas: cómo atraer a los gansos curiosos, revolcándose en el suelo y moviendo las patas; cómo poner trampas y redes, imitar cantos, en fin, el arte refinado de cazar para comer.

Además, les dieron lecciones más importantes, que Melipal y Manque nunca olvidaron.

– Hay que sonreír siempre, como lo hago yo –les advirtió la Chilla una noche que reposaban junto al fuego-. Es muy importante la cara, sobre todo si estamos delante del enemigo.

– Tú sonríes demasiado –interrumpió el Puma-. Es preferible una expresión indiferente; así no saben lo que pensamos. Pero cuando uno tiene que atacar, la furia debe brillar en los ojos y en todo el cuerpo. Otras veces se necesita el silencio y preparar cada músculo para sorprender al enemigo, así –y el león mostró la actitud en acecho.

Y mientras el Puma les dio clases sobre las tácticas de guerra, la Chilla les enseñó las astucias de la diplomacia.

Cuando estuvieron bien entrenados para el enemigo, Melipal preguntó un día:
– ¿Y no tendremos amigos, también?
Los dos animales, preocupados más de la defensa según la ley de las selvas del sur, se miraron sorprendidos: – ¿Amigos? –dijeron a coro. 
Los niños se pusieron a reír al ver sus expresiones: ala Chillase le enchuecó la risa y al Puma se le pusieron ojos de pescado.
– Son importantes los amigos también en la guerra –exclamó Manque-. Hay que confiar en alguien y tener aliados.
– Supongo que no viviremos en guerra siempre –añadió Melipal.

El Puma consideró que había que pensar lo de los amigos y se alejó por el bosque en busca de un arroyuelo. 
– El correr del agua mueve mis pensamientos –dijo. 
La Chilla, en cambio, empezó a darse vueltas para pillarse la cola donde le picaba una pulga; y esto también le removió los sesos. Al final de la tarde, los niños escucharon los consejos de sus padres adoptivos.
– Hay que oler bien a los recién conocidos antes de llamarlos amigos –dijo el Puma-. El olfato no engaña.
– Conviene más oír que contar nuestros secretos –agrególa Chilla.– Si nosotros somos verdaderos, ningún mentiroso nos engañará –sentenció el Puma-. Cuidado con ese deseo de escondernos de nosotros mismos que a veces nos domina.
– El olor de la mentira es fuerte y desagradable –exclamóla Chilla-. Aunqueel mentiroso se adorne y disimule, su engaño parecerá en cada movimiento y gesto que haga.
– No es un olor del cuerpo, sino del alma –explicó el Puma viendo la expresión de los niños.
– Los amigos son como hermanos, ni más arriba ni más abajo que nosotros –advirtióla Chilla.– La verdadera igualdad sólo se consigue en el amor de los amigos –concluyó el Puma, dando un suspiro por lo mucho que había pensado.
– Ahora conocemos la guerra y la paz –dijo Manque- y podemos salir del valle a buscar a otros niños como nosotros. – Parece que ha llegado la hora de despedirnos –murmuróla Chillacon tristeza. Resolvieron esperar la luz de pleno día para un momento tan importante. Contrariando sus costumbres nocturnas, el Puma yla Chillasalieron de sus madrigueras cuando el sol lució en el cenit. Se sentaron muy erguidos frente a Manque y Melipal y dijeron sus últimas palabras:  De ahora en adelante ustedes son “la gente de la tierra”, los mapuches que llevan en su sangre la fuerza y la valentía del puma. Este es un pacto para siempre entre la raza de ustedes y la mía –dijo el Puma.

En seguida habló la Chilla:

– También llevan en su sangre la astucia de los zorros. Los hijos de ustedes nos mirarán con simpatía, porque en cada uno de ellos la leche que les di gritará que fui su madre.
Melipal y Manque abrazaron a sus padres adoptivos y ellos lamieron sus caras y sus manos como última despedida.

Tuvieron que caminar mucho para encontrar valles fértiles donde algunos niños y niñas vivían, también salvados de las aguas por otros animales. Cuentan que a los de las islas los libraron de ahogarse los delfines.

De esta manera se volvieron a formar las tribus y los mapuches fueron la gente más valiente y astuta y nadie los pudo vencer jamás en la guerra. De padres a hijos se transmitieron esta historia hasta que se transformó en leyenda y ellos saben que descienden de los pumas y los zorros.

Publicado en marzo de 2009

Fuente:  “Cuentos Araucanos. La gente de la tierra”, de Alicia Morel. Editorial Andrés Bello, edición 2004

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