DAL Comunicación

Un Ángel en Navidad

Fecha de Publicación: 17 - 12 - 2007.

 

 
1 – Lo que le pasó a Leonor 
Soy una mujer irremediablemente ingenua; por eso a mi edad me siguen ocurriendo estas cosas. El señor tenía cara de bueno; vestía humildemente… tal vez algo desaliñado y sucio. Pero a mí me cayó bien.
Hacía una media hora que recorría los escritorios cuando se acercó a mí.
—¿Usted es la señora Leonor? —me preguntó respetuosamente.
—Sí… ¿qué desea?—. Me intrigó que me llamara por mi nombre.
—Soy amigo de Beba, la recepcionista, y ando ofreciendo pescado fresco. Lo llevo a domicilio. Tengo muy buenos precios.
—No sé… —vacilé—, en este momento…
—Vea, acá varias chicas me han hecho pedidos… como soy amigo de Beba ¿vio?
Recordé que faltaban tres días para Nochebuena y todavía no había decidido qué iba a preparar para la cena. Se me ocurrió una idea.
—¿A cuánto tiene el filet de lenguado?
—Seis pesos el kilo.
Era barato. Le encargué un kilo de lenguado. Se comprometió a llevármelo a mi casa el 24 por la tarde. "¿Tendría inconveniente en pagarme ahora?". Vaya pretensión, pero tratándose de un amigo de Beba accedí y le di el único billete de diez pesos que me quedaba. "Ay, Leonor, no tengo cambio. ¿Me espera? Ahora mismo le consigo los cuatro pesos. Y yo, en uno de mis habituales alardes de candidez: "Sí, hombre, no hay problema".
Pasaron diez o quince minutos. "¿Alguien vio al señor del pescado?", oí preguntar a una de las empleadas. Se había ido silenciosamente. Las suspicacias alcanzaron el rango de serias sospechas cuando Beba, indignada, nos aseguró que casi ni lo conocía, que apenas lo había tratado una vez y por razones de trabajo. Con el cuento de su amistad con ella nos había sacado el pago anticipado… ¡A tres de nosotras!
Bueno, dijimos, esperemos que nos lleve el pescado a casa. No prejuzguemos. "A mí me lo tiene que llevar esta tarde", dijo una; "A mí mañana", informó la otra.
Pero ni ese dia ni al siguiente mis compañeras tuvieron noticias del vendedor de pescado. A pesar de lo cual, como yo soy inagotable en mi credulidad, seguí confiando íntimamente en que el hombre me llevaría el pescado y mis cuatro pesos.
Llegó el atardecer del 24 y yo todavía esperaba mi lenguado.
Se hizo de noche y en casa no habíamos preparado nada, ¡y a las diez vendrían ustedes a pasar la Nochebuena con nosotros! Estaba terriblemente deprimida y furiosa.
Cuando la mujer que trabaja en casa me sacudió con un "¡Leonor, tiene que hacer algo!", me levanté del sofá de un salto. Angustiada tomé la súbita y casi desesperada decisión de ir hasta una roticería cercana para comprar algo preparado. El corazón me martillaba el pecho al cruzar la avenida. ¡Era Nochebuena y seguramente ya no encontraría ni un miserable pollo al spiedo! ¡Qué estúpida y humillada me sentía! Tan ensimismada estaba en mi exasperación que crucé la avenida sin ver los potentes faros del automóvil que acababa de doblar en la esquina a toda velocidad. 

2 -Lo que le pasó a Ernesto Farías 
En una desordenada habitación de su modesta casa, Ernesto Farías, un hombre solitario de unos sesenta años, desaseado y con una barba de tres días, se desvestía para acostarse.
Era Nochebuena y quería sustraerse de los molestos y ajenos festejos. Cada tanto se oía el estallido de algún petardo y animadas salutaciones de los vecinos. "¡Bah, Nochebuena! Espero que me dejen dormir…", pensó malhumorado. Se metió en la cama y antes de apagar la luz miró como al descuido la fotografía de Gaby, su ex mujer, y Nancy, la hija de ambos. Contempló con tristeza la tierna expresión de la jovencita que en el retrato tendría unos dieciséis años. "Dónde estará esta mocosa", dijo en voz alta. Movió la cabeza con amargura y se durmió.
Despertó sobresaltado. Una suave y ondulante luz azulada rompía tenuemente la oscuridad de la habitación. "¿Se incendia la casa?", pensó. Iba a saltar de la cama cuando oyó que alguien pronunciaba su nombre:
—Ernesto.
—¿Quién… quién es…?— preguntó aterrado.
—Aquí estoy… ahora me podés ver.
Paralizado por el miedo, Ernesto vio corporizarse lentamente un contorno humano. Era un hombre bastante viejo, de aspecto cansado y achacoso, que lo miraba fijamente sentado en una silla al pie de la cama y con sus manos apoyadas en un bastón.
—¿Cómo entró usted aquí? ¿Qué quiere? No tengo dinero…
—No soy un ladrón. Mi nombre es Comante, soy… ya sé no me vas a creer, pero, en fin, te lo tengo que decir… soy el ángel de la Navidad.
—¿El ángel de la Navidad…?
—Sí, también soy ese amigo imaginario que juega y conversa con los niños; el mismo que se le apareció a José cuando María estaba encinta, supongo que has leído los Evangelios.
Sí, pero…
—Lo de José se los digo a todos; si él me creyó no veo por qué ustedes, cuando son adultos, siempre tienen que dudar.
Comante parecía un viejo cascarrabias y se notaba que estaba fastidiado. Ernesto había perdido la fe desde que su mujer lo d
ejó. Pero aquella curiosa aparición le devolvía por lo menos su antigua atracción por lo misterioso y sobrenatural.
—¿Qué es lo que quiere?— atinó a preguntar.
—Mirá, no sé bien lo que quiero. Tal vez desahogarme mostrándote lo que has hecho con tu vida y con la vida de los demás.
—Yo no he hecho nada, más bien he sido víctima de los otros.
—Has estado estafando a gente buena.
—¿Ah, por lo del pescado?— Ernesto rió. Se sentía algo más tranquilo; el viejo aquél, ángel o lo que fuere, no parecía peligroso,—; bueno, no digo que estuvo bien, pero tengo que vivir. Perdí mi empleo en la pescadería. No es tan terrible lo que hago, no mato a nadie…
—Has matado a una mujer.
—¿Cómo dice…?
—Una mujer que engañaste yace ahora en el medio de una avenida. Murió por tu culpa, como consecuencia indirecta de ese fraude.
—¿Quién es esa mujer?
—Se llama Leonor y vos tenías que llevarle pescado para la cena de esta noche—. Comante le relató brevemente lo ocurrido.
—Leonor… Leonor… ¡Ah, sí!— Ernesto abrió desmesuradamente los ojos—, ya sé quién es, ¿murió? ¡Dios santo! bueno, lo lamento, pero esa no fue mi intención.
—Tampoco tuviste intención de ofender a Gaby, pero lo hiciste.
—Gaby,… ¿Qué tiene que ver mi esposa con esto?
—Todo lo que hacen ustedes los humanos está insidiosamente relacionado. Si actúan mal, las consecuencias se encadenan hacia el desastre. Nada bueno deriva de una mala acción.
—Pero fue ella quien me abandonó, yo no le hice nada.
—No es cierto, Ernesto, cuando tu hija Nancy tuvo aquella crisis por sobredosis vos estabas con otra mujer y ella lo sabía… 
¿Gaby sabía… lo de… Marisa?
—Lo sabía pero se lo guardó, no quiso atormentarte, porque lo de tu hija era ya suficiente tragedia para ambos. Cuando finalmente Nancy abandonó el hogar para irse con el delincuente que la corrompió, el corazón se le partió, pero todavía te tenía a vos y trató de seguir adelante. ¡Pobre infeliz!, al año se enteró de otra infidelidad tuya. Eso no lo soportó y se fue.
—Pero nunca me dijo nada… Un día encontré una nota en la que me decía que se iba de casa, que eso iba a ser mejor para los dos. Yo pensé que tenía otro hombre.
—La juzgaste según tu propia conducta. Ella esperó que la buscaras y le pidieras perdón.
—Entonces ella…
—Nunca dejó de quererte.
—¿Dónde está? Tengo que ir a buscarla.
—No, Ernesto, es demasiado tarde. Ahora deben de estar levantando el cadáver de Leonor. Si hubieras sido honrado siquiera por una vez, yo te habría ayudado. ¡Maldita sea, había preparado todo para tu reencuentro con Gaby en esta Nochebuena!
Ernesto se cubrió el rostro con las manos. Comante lo contempló en silencio. Durante algunos minutos sólo se oyeron los distantes gritos de los chicos del barrio con su pirotecnia.
—Yo no era un sinvergüenza— dijo por fin Ernesto apesadumbrado—. Engañé a mi esposa, es verdad, pero fue algo más fuerte que yo. No nos llevábamos bien…, ella no se interesaba por mí ni parecía necesitarme.
—Grandioso, Gaby pensaba lo mismo de vos…
—Los problemas con mi hija creaban continuas discusiones. Ninguno escuchaba al otro. Yo había conocido a Marisa en un momento de confusión… Marisa era una clienta… linda mujer. A ella sí le llevé el pescado. Era un hermoso palo rosado… Ella, contenta, lo quiso agarrar, pero no sé que pasó, si fue un descuido o qué, ella me agarró… la mano; se puso colorada y de los mismos nervios no la soltaba. Ahí nomás yo… ¿Usted no habría hecho lo mismo? Perdone… es un decir, no quise… Bueno, después tenía que llevarle pescado gratis cada semana.
—Pescado que le robabas a tu patrón.
—Era del que no se vendía, un poco pasado. Cuando sucedió lo de Nancy, me sentí culpable y largué. Nuestra hija no se encarriló. Un buen día, ¡ay Dios cómo nos insultó! Agarró sus cosas y se fue de casa. Ella no era mala, se volvió así por la droga. Eso terminó de arruinarnos la vida. No nos hablábamos, no teníamos intimidad. Tuve un par de escapadas, nada serio, siempre con mujeres de la calle… Ellas al menos me escuchaban, y hasta se reían de mis chistes de pescadero: A ver, ¿cuál es el pez que usa corbata? El pes… cuezo.
Ernesto rió como un chico mientras el ángel, con cara de sufrimiento, alzaba los ojos al cielo. Su risa se apagó enseguida.
—Cuando Gaby me dejó descubrí cuánto la necesitaba. Quedé en el suelo como bolsa vacía. ¿Vio lo que le pasa a una bolsa vacía? Desinflada y aplastada, ya no puede mantenerse derecha. Entonces me volví un pillo.
—Tus bribonadas causaron mucho daño. Pero ahora has provocado una muerte. Eso no tiene perdón.
Ernesto, abrumado, bajó la cabeza. El ángel suspiró.
—Y yo que pensaba darte una mano. ¡Qué tipo difícil sos!
—Tal vez… ¿un milagro…?— murmuró tímidamente.
—¿¡Un milagro!?— bramó Comante— ¡Te atrevés a pedir un milagro!
—No por mí, por esa pobre mujer digo. Cuando yo era chico mi madre me decía que en Nochebuena ocurren milagros…
El ángel pareció dulcificarse.
—Estamos en Nochebuena, así es, casi lo estaba olvidando; yo mismo estuve en aquella gruta de Belén, la noche más maravillosa de la historia—. Comante hizo silencio, miró largamente a Ernesto y luego de escudriñar su mirada triste y cansada exhaló un resignado y sonoro suspiro—: En fin, tu madre tenía razón, en cada Navidad nos está permitido a los ángeles hacer un pequeño milagro. Sólo uno, y bien justificado. Pero lo que no puedo hacer es resucitar a un muerto, eso sólo lo hace Dios.
El ángel quedó pensativo. En eso sus ojos brillaron astutos.
—Hay sin embargo una travesura celestial que está a mi alcance: hacer retroceder el tiempo, no mucho, para no causar trastornos paradojales en la historia, quizás un par de horas, tres a lo sumo, lo suficiente como para que puedas comprar ese dichoso lenguado. Te sugeriría que te bañes y te afeites rápido…

3 – Leonor termina su relato 
Pero tranquilícense, lo de los faros del automóvil que se me vino encima debió de haber sido una alucinación producto de mi estado de ánimo (tendré que hablarlo con mi psicóloga), porque de pronto volví a la realidad y estaba todavía en casa, con el monedero en la mano, preparada para salir a comprar algo en la roticería de la otra cuadra. En eso llamaron a la puerta. Le pedí a Gaby que atendiera, que seguramente era el hombre del pescado. Ah, Gaby es la señora que trabaja en casa.
Hice una llamada telefónica y me entretuve en varias cosas. Gaby no había regresado. Comenzaba a inquietarme por esta demora cuando la mujer entró en la cocina con un paquete y una expresión radiante en el rostro. Leonor, era el señor del pescado. Me dejó este paquete y los cuatro pesos de vuelto. Bueno, comenté yo aliviada, menos mal, después de todo cumplió. Hay que apurarse a preparar la cena que están por llegar los invitados. Y Gaby que me sorprende diciéndome: Ay, Leonor, si me necesita, la ayudo con la cocina, pero después me voy, no me quedo a cenar con ustedes… Pero Gaby, ¿adónde piensa ir sola? Y ella me contesta con voz exultante: Recibí una invitación, Leonor, luego le cuento. ¿Adónde fue Gaby y con quién?, ése es el enigma de esta historia.

4 – El ángel cuenta como completó su pequeño milagro 
Bueno, finalmente lo logré. Ernesto y Gaby se citaron esa Nochebuena en un supermercado del centro y con el poco dinero que tenían compraron algunos alimentos, una nueces, turrón, pan dulce y dos botellas de sidra. Fueron rápidamente a la casa. A las once habían limpiado y ordenado el pequeño comedor. Tendieron sobre la mesa el gastado mantel navideño estampado con hojas de muérdago y armaron el pesebre con viejos y cascados muñequitos de yeso, entre los cuales, ¡ay!, estaba yo en mi clásica e insoportable réplica, con esas ridículas alas y bucles rubios que jamás tuvimos los ángeles. Afuera, bengalas y cañitas voladoras rayaban el firmamento con sus parábolas fulgurantes.
—Gracias por haberme perdonado— le dijo Ernesto a Gaby.
—Estuve muy triste lejos de casa. Si supieras cuanto deseaba que me buscaras y te disculparas conmigo.
—Bueno, eso ya pasó. Ahora estamos otra vez juntos.
— ¿Supiste algo de Nancy? Ernesto se puso serio y bajó la mirada.
—No, tampoco la busqué, quién sabe dónde anda…
—Pobrecita… la extraño y la quiero a pesar de todo. Pero ella es libre de elegir su vida.
Se habían sentado a la mesa cuando oyeron un taconeo lento y vacilante en la vereda, un corto silencio y luego unos golpecitos tímidos en la puerta.
— ¿Quién será?— dijo Ernesto levantándose de la mesa.
Entreabrió la puerta con precaución y vio a una mujer joven con un bebé en brazos. Al primer vistazo no la reconoció.
—Hola papá… ¿cómo estás?
— ¡Nancy! ¿Sos… vos?
—Feliz Nochebuena… ¿Puedo… puedo volver a casa?
—Por supuesto, hija… ¡Gaby, es Nancy!
Gaby corrió a la puerta y se abrazó con su hija.
— ¿Y este hermoso bebé, es nuestro nieto?
—Sí, se llama Ernesto, como su abuelo— dijo Nancy sonriendo con alivio por la cálida y para ella inesperada acogida que le daban sus padres.
—Pasá, pasá… –atinó a indicarle Ernesto a su hija—. Esta es tu casa y nosotros somos tu familia.
Era mi hora de regreso. La Nochebuena, ya caudalosa e incontenible, se derramaba sobre la ciudad anegando todos los vacíos de las almas con su tibio y confortante misterio.

© 1997 Enrique Arenz

 

 

 

 

 

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