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Un artista

Fecha de Publicación: 13 - 02 - 2006.


(Fragmento)

En la “Hostería de la Manzana de Adán” tenían sus cuarteles unos
cuantos literatos y desocupados que solían ir a filosofar frente a su
bien abastecida chimenea.
Era un viejo mesón cuyas paredes morunas, blanqueadas con cal,
brillaban a la luz de la luna.
Allí, entre el humo de las pipas y el chocar de los vasos, los bohemios
hacían derroche de espíritu y buen humor.
Una vez, por mera curiosidad, visité dicho establecimiento.
El interior constaba de una sala en la que cabrían hasta veinte mesas.
A la luz vaga de los candelabros, advertíanse apenas los rostros de los
jubilosos escritores; pero sonoras carcajadas delataban su presencia.
Recuerdo que llamó mi atención un hombre que, con aristocrático desdén,
no parecía querer unirse a los demás.
La luz vacilante de un cirio la daba de lleno en el rostro, en el que
ponía largas pinceladas de oro. Era alto y fino. Evocaba los lienzos
borrosos de Holbein y de los maestros flamencos.
Los lacios cabellos y la barba rubia prestábanle cierto parecido con
San Juan Evangelista. Pero lo que más me impresionó fueron sus ojos,
maravillosamente puros y azules, llenos de dulzura.
Estaba de pie, apoyado contra el dintel de una puerta, y fumaba
lentamente en una larga pipa de porcelana alemana.
Ignoro de qué modo trabé relación con él. Como por artes mágicas me vi
sentado frente a él, ante una mesa en que brillaban dos gruesos vasos
de cerveza.
Fijéme, entonces, en su raído traje y en la corbata romántica, anudada
con despreocupación, y pensé: un poeta.
Era un pintor.
Así me lo dijo mientras que, en el desvencijado pianillo, una mujer de
grandes ojos rasgados comenzó a tocar un nocturno de Chopin.
Apagáronse los profanos murmullos.
Suavemente, con voz musical que parecía seguir el ritmo doloroso del
Nocturno, mi pintor habló.
Pertenecía a la escuela de los artistas que quieren revivir en sus
telas el arte muerto de Bizancio.
Con los ojos cerrados, acariciándose la barba, narró el fasto de las
opulentas ciudades de Teodora.
Fue un verdadero friso, un bajo relieve, el que puso ante mis ojos
deslumbrados.
Y había en él patriarcas severos, emperadores indolentes y cortesanas
suntuosas, envueltos todos en el fulgor extraño de las joyas.
Los inmensos palacios de mármol y mosaicos se levantaban, piedra a
piedra, en mi imaginación.
Veía el brillo de las tierras y el de los pesados anillos en las manos
imperiales. Athenais… Irene… Las cúpulas de las basílicas se
erigían como metálicos yelmos sarracenos.
Hechizado, lo escuchaba yo.


Daniel Muriel
“Pintor impresionante (2002)”
óleo sobre lino, 65 x 54 cm

Manuel Mujica Láinez

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