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Un camino en el bosque

Fecha de Publicación: 13 - 02 - 2006.


Aires de ilustración en las laderas de Peñalara

Hace
unas semanas, con motivo de una excursión por la sierra de Guadarrama,
recordé un día pasado hace ya muchos años en esos mismos parajes. Había
ido a finales de mayo al palacio de la Granja de San Ildefonso, que se
levanta en la vertiente norte de la sierra, a poca distancia de
Segovia. Los jardines que rodean el palacio mostraban en todo su
esplendor la plenitud de la primavera. Tilos, olmos, castaños y
secuoyas enmarcaban amplias avenidas rodeadas de macizos geométricos
de flores bellísimas, formando un espacio delicioso por su orden y
variedad, en el que las escenas mitológicas de numerosas fuentes ponían
una nota melancólica y un poco teatral, muy al gusto francés e italiano
de la época . Todo en aquel ambiente invitaba a dejarse invadir por
una íntima sensación de sosiego, y me hacía evocar el espíritu de
esencial confianza en el progreso que caracterizó a la ciencia y al
pensamiento europeos allá por 1721, cuando Felipe V ordenó la
construcción, en un rincón alejado de la corte, de este palacio
pensado para el recreo y descanso de la familia real entre las
montañas que cierran por el norte la planicie de Madrid.

En medio de aquellas umbrosas avenidas rebosantes de belleza, me sentía
trasladado a un mundo ideal recreado por el hombre, en el que las
fuerzas ciegas de la naturaleza se habrían al fin doblegado a la
presión irresistible del genio humano. En el siglo XVII, antes de que
se instaurára, con Felipe V, la dinastía borbónica en España, el nuevo
concepto de razón lógico-matemática había culminado en el nacimiento
de un modo particular de describir el mundo, de acuerdo, sobre todo,
con las ideas que Newton expuso en su magna obra, Philosophiae naturalis principia mathematica,
publicada en 1687 y considerada como uno de las referencias
fundamentales en las que basa sus métodos la ciencia moderna. Según
las ideas del ilustre físico y matemático, la totalidad de los
fenómenos del cosmos podría abarcarse con la ayuda de unos pocos
principios generales, que harían posible desarrollar por vía deductiva
la explicación de cualquier suceso que acontezca en el mundo físico. A
partir del siglo siguiente, esa nueva razón capaz de imponerse al
aparente caos en el que estamos inmersos, será puesta al servicio de
la liberación del hombre, cuya mayoría de edad proclama con entusiasmo
el movimiento ilustrado: partiendo del dominio y transformación de la
naturaleza, el ser humano se sacudirá al fin el yugo de la ignorancia
y la superstición, para caminar en adelante por la senda luminosa del
progreso ilimitado.

Ensimismado en
estos pensamientos, llegué a una de las verjas que comunican los
jardines con el bosque circundante de Valsaín y proseguí mi paseo
durante un buen rato , sin reparar apenas en que me estaba adentrando
en un espacio muy distinto del que dejaba atrás entre las avenidas y
fuentes del palacio. Al fin, fuí consciente de que las sensaciones de
complacencia que me dominaban poco antes, iban transformándose en una
actitud alerta y expectante, en respuesta tal vez a los cambios que se
hacían visibles en el entorno. Pues el sereno discurrir del agua en las
fuentes se había convertido en el empuje impetuoso de los arroyos que
descienden desde ventisqueros lejanos en esa época del año, y la
simetría admirable de los muros de verdor del palacio, dejaba paso a
una espesura informe de pinos y abedules, entre los que, de tanto en
tanto , destacaba algún roble centenario cargado de ramas oscurecidas
por el musgo, que se retorcían en todas direcciones, a modo de
tentáculos empeñados en alcanzar las copas de los pinos más altos o
las matas de enebro que tapizaban el suelo del bosque en derredor suyo.

Proseguí mi marcha hasta llegar a un claro en el que infinidad
de flores luminosas como diminutas estrellas, salpicaba con su colorido
el verdor intenso de la hierba, y allá en lo alto, sobresaliendo entre
la masa arbórea , apareció ante mí la cumbre de Peñalara coronada por
las últimas nieves de primavera, atalaya gigantesca que se eleva hasta
las nubes, apoyándose en oscuras moles graníticas, testigos mudos de la
glaciación que, en un remoto pasado, sumergió valles y montes bajo las
olas petrificadas de un mar de hielo. Me recosté sobre un tronco seco
para contemplar el panorama, mientras me envolvía un silencio solemne,
turbado sólo por el murmullo de la brisa entre el ramaje y el graznido
lejano de algún ave rapaz. Se sentía allí con fuerza la presencia de
algo salvaje, como si en aquellos bosques perviviera el espíritu de
una época lejana y audaz, extraña por completo a nuestra cautelosa
mentalidad ilustrada. Por momentos, imaginaba oir el crepitar de
grandes hogueras encendidadas en honor al sol, que elevaban sus
lenguas ardientes hacia las estrellas, llenando de sombras danzantes
el prado cuando el solsticio acudía a su cita anual. Luego, era el
chasquido de las ramas bajo el paso apresurado de cazadores armados de
arcos, que perseguían con tesón infatigable a los venados que
intentaban huir hacia la espesura, enloquecidos por el pánico, en medio
del ladrido de los lebreles. Un instante después, el lugar parecía
vibrar con el choque de espadas y el tremolar de estandartes entre un
grupo compacto de jinetes revestidos de hierro que embestía con furia a
una multitud vociferante de hombres de armas, afanados en cerrarles
el paso por alguna angostura labrada en altas peñas que se elevaban
sobre los pinos…

De improviso, un
trueno retumbó sobre la montaña y el aire se agitó como si anunciara la
proximidad de alguna amenaza desconocida. Pero al levantar la vista,
bien pronto se aclaró que no había motivos para el recelo: el vuelo
majestuoso de un avión hendía el azul de la tarde con estelas blancas
de gases condensados, mientras el sol arrancaba destellos de fuego de
aquel fuselaje esbelto. En seguida, la visión fugaz desapareció tras
el perfil quebrado de las cumbres, volviendo a dejar en silencio los
neveros y roquedales.

Las sombras se iban alargando y me incorporé para emprender el regreso
en dirección al palacio. El prado, tan solitario poco antes, se llenó
con las risas de unos niños que corrían, ante la mirada divertida de
sus padres, tras algún animalillo que trataba de ocultarse entre los
rosales silvestres. Al volver a entrar en el bosque, insectos
multicolores zumbaban alrededor del tronco nudoso de un viejo olmo
cubierto de madreselva, y el brincar inquieto de jilgueros y
herrerillos entre las ramas más altas de los árboles, inundaba la
espesura de resonancias y temblores, como si la naturaleza se
estremeciera bajo el abrazo tibio de la primavera.

Carlos Montuenga
Doctor en Ciencias
Madrid

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