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Una mirada con algo de psicología y humor

Fecha de Publicación: 07 - 02 - 2006.


Busto, trasero, cintura….

Según parece, una encuesta reciente realizada por una empresa internacional asegura que las argentinas no se sienten bellas.
¿Será así? ¡Hijas del crisol de razas!… ¡¿que os pasa???!
¿La frase mística de hoy sería: ” si Pancho Dotto o Ricardo Piñeyro no te eligen. …serás nada?”

El
filósofo Manuel Kant escribió que la belleza es un placer
desinteresado. Pero este muchacho meditabundo falleció hace doscientos
años, y no previó la cantidad desaforada de industrias y esfuerzos
comerciales que con el tiempo iban a estar dedicados al culto del
cuerpo….femenino. Gimnasios, cosmética, laboratorios, centros
dietéticos, cirugías, todo para conseguir tener los márgenes de una
estética soñada, los que seguramente vienen prometidos en un pote de
algo. Y obviamente, también están los diseñadores de ropa y sus
maniquís vivientes, las tan famosas modelos, determinando las medidas
de lo perfecto: el talle uno, ofrecido a través de fotos hermosas con
planos contrapicados enalteciendo a una niña de 17 años recién
maquillada como una adulta, luciendo la piel de un bebé y un cuerpo
esbelto que parece una insípida bolsa de huesos.
En síntesis, una mujer mejor erótica que una inspección de la DGI.
Y lo que es peor, es que esos spots publicitarios con estatuas
andróginas inundan las calles, las revistas, las pantallas de
televisión. Las miradas femeninas están permanentemente golpeadas por
esa espuela que “les recuerda” sin descanso que hay un paradigma de lo
bello, y que ellas no lo tienen.

Pero las minas que nos dilatan la pupila a los varones son justamente
aquellas que superan los 90 legalizados, en para-golpes y defensas
traseras, sin embargo ¿ quién no se enamoró locamente alguna vez de una
chica que tenía, como diría un mago, nada por aquí, nada por allá?
¿Qué macho que se precie no tuvo una novia gorda de esas que sale más
barato regalarle un zafiro que llevarla a comer?
Claro que en realidad ellas no quieren ser hermosas por nosotros, lo
hacen como Narciso, porque están desesperadas por enamorarse de su
imagen, sin darse cuenta que lo que el espejo les devuelve es la
proyección de un ideal exigente.
Para esa sensación de fealdad argentina, tan inútil e irracional, no
tengo respuesta. Sólo me queda recordar un hecho también incomprensible
y desatinado. A principios de los setenta, un loco, Lazlo Toth,
intentó romper la estatua de La Piedad, de Miguel Angel, a
martillazos. Durante años me he preguntado porqué un hombre quiso
destruir algo que paradójicamente conjugaba la belleza y la compasión.
Tal vez, creo, no haya habido en la historia un acto de protesta más
absurdo y a la vez más legítimo, un grito de rebeldía hacia una cultura
que sigue diferenciándonos en lindos y feos, en deseables e
indeseables, sin la menor piedad.


Luis Buero
Periodista, escritor, docente

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